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Continuando con la nueva sección de El Primo TV os traigo una rara avis dentro del cine español, un eslabón perdido del género patrio, si es que este alguna vez existió, con alma autóctona pero carcasa internacional. Se trata de Pánico en el Transiberiano, conocida allende los mares como Horror Express, del gran Eugenio Martín. El filme de Martín comparte cronología con otras piezas del Fantaterror como las creadas por Jesús Franco, Amando de Ossorio y Paul Naschy, aunque se aleja diametralmente de ellas en su calidad visual que nos recuerda a las producciones británicas de la Tigon o la Hammer.
En los años 70, cuando el terror europeo se debatía entre los últimos ecos del gótico y los primeros estertores del horror moderno, un director español, Eugenio Martín, decidió subir a un tren rumbo al infierno. Pánico en el Transiberiano es una de esas películas que, sin proponérselo, terminaron convertidas en piezas de culto. Es claustrofóbica, delirante, elegante a ratos y maravillosamente extraña. Lo que empieza como una historia pseudo-científica con un “eslabón perdido” termina siendo una odisea alienígena ambientada en la Rusia zarista. Una sinopsis que podría parecer sacada de un cómic pulp de los cincuenta… si no fuera porque el resultado es genuinamente hipnótico.
Pánico en el Transiberiano cuenta además en sus filas con dos pesos pesados del terror como son Peter Cushing y Christopher Lee apoyados por el gran Terry Savalas y que cuenta con los españoles Silvia Tortosa y Julio Peña. Todos ellos están orquestados por el realizador granadino Eugenio Martín que destaca por su calidad pero también por su proyección internacional y por la falta absoluta de adherencia a un género en concreto. Por su cámara han pasado géneros como el wéstern, aventuras, musicales, melodramas eróticos, cine fantástico y de terror, sin duda un director todoterreno del que destacaremos otra de sus producciones enfocada hacia el drama terror como la inclasificable Una vela para el diablo con Esperanza Roy y una Aurora Bautista, inviolable icono patrio en películas insignes de la posguerra española como Agustina de Aragón y Locura de amor ambas de Juan de Orduña.

La producción fue tan peculiar como el argumento. Horror Express nació de una idea práctica: el productor Bernard Gordon tenía a mano un set de tren de época y decidió encargar un guion que lo aprovechara. Con apenas 300 000 dólares de presupuesto, una nimiedad incluso para la época, el rodaje comenzó en Madrid a finales de 1971. Martín, que firmó como Gene Martin para facilitar la exportación internacional, trabajó con un equipo mixto hispano-británico y con el operador Alejandro Ulloa, cuyo trabajo de fotografía resultó crucial para disimular las limitaciones.
Todo se rodó en un solo set de vagón, adaptado una y otra vez para simular distintos compartimentos del tren. La falta de sonido directo, habitual en el cine europeo de entonces, permitió ahorrar costes y doblar las voces posteriormente. En resumen: una producción improvisada, ingeniosa y con más ganas que medios. Pero, como tantas joyas del fantaterror español, ese ingenio se transformó en virtud.
Lo primero que llama la atención en Pánico en el Transiberiano es su aire inconfundible a película de la Hammer. No sólo por la presencia de Christopher Lee y Peter Cushing, inseparables compañeros de mil horrores británicos, sino por la ambientación de época, los decorados góticos, la iluminación con contrastes fuertes y esa mezcla entre ciencia, religión y lo desconocido. La fotografía de Ulloa captura con solvencia el encierro del tren, usando sombras densas y luces cálidas para sugerir peligro más que mostrarlo.

El tono visual podría situarse entre la elegancia inglesa y la sordidez mediterránea. Martín, sin renunciar al clasicismo, introduce cierta ironía en los personajes, una energía más cercana al fantaterror español que al academicismo británico. Aquí no hay castillos ni nieblas artificiales, sino un tren metálico, ruidoso y opresivo que se convierte en una tumba rodante. El espacio cerrado genera tensión continua, y la amenaza, una entidad alienígena que pasa de cuerpo en cuerpo, introduce una paranoia digna de La Cosa de John Carpenter (aunque esa llegaría una década después).
El guion de Arnaud d’Usseau y Julian Zimet mezcla ciencia ficción, terror y thriller policial en una coctelera tan improbable como efectiva. Saxton representa la razón ilustrada, el monje Pujardov (interpretado con histeria casi cómica por Alberto de Mendoza) simboliza la superstición, y el resultado es un enfrentamiento entre conocimiento y fe que atraviesa toda la película. Las muertes, con los ojos blancos y sangrías cerebrales incluidas, tienen un punto grotesco pero fascinante.
No hay aquí el exceso sangriento de los futuros 80, pero sí una violencia seca, con ese toque artesanal de maquillaje, lentes de contacto y luces rojas que remiten al terror europeo previo al slasher. La música de John Cacavas refuerza el clima: un tema principal entre lo inquietante y lo melódico, que da a la película una pátina de misterio pulp que encaja como un guante.

Pánico en el Transiberiano es, sin duda, uno de los mejores ejemplos del fantaterror español entendido como género: coproducciones con pocos medios, reparto internacional, ambientes exóticos, un guion que mezcla lo científico con lo sobrenatural y una factura que, pese a sus limitaciones, destila imaginación. Eugenio Martín no tenía detrás el músculo de la Hammer, pero sí una visión clara: hacer del tren un personaje más, un espacio cerrado donde cada plano suda tensión y claustrofobia.
El filme encaja en esa generación de cintas españolas que buscaban escapar del realismo impuesto por la censura y abrir puertas a mundos imposibles: La noche de Walpurgis, El espanto surge de la tumba o Quién puede matar a un niño exploraban el mismo territorio entre lo gótico, lo morboso y lo poético. Pero Horror Express añadía un toque anglosajón que la hacía exportable y, con el tiempo, inmortal.
A más de medio siglo de su estreno, Pánico en el Transiberiano sigue siendo una película deliciosamente inclasificable. Es un whodunit con toques de Lovecraft, una monster movie contenida, una aventura ferroviaria con ecos de ciencia ficción paranoica. Su mezcla de estilos anticipa el eclecticismo del terror moderno: un pie en la tradición y otro en el absurdo.

Hoy Horror Express ocupa su merecido lugar en el panteón del cine de culto europeo. Una película que demuestra que, con un tren de cartón piedra, una buena idea y dos gigantes del terror, se puede construir un viaje inolvidable al corazón de la ciencia y la superstición.
Como rareza relacionada con la película os contaré que en el episodio final de la segunda temporada de la nueva versión de Creepshow, titulado Night of the Living Late Show, se hace un autentico homenaje al filme de Eugenio Martín, En este episodio un científico que inventa una maquina de realidad virtual que le permite unirse a sus películas favoritas, se sumerge en la suya, que es nada más y nada menos que Pánico en el Transiberiano. Greg Nicotero ofrece a los aficionados una autentica rara avis dentro de la serie, con un concepto que funciona perfectamente y con un Justin Long dando la réplica virtual a Christopher Lee y Peter Cushing.
CLIP – NIGHT OF THE LIVING LATE SHOW
Así que, si alguna noche te apetece subirte a un tren que no tiene destino claro y donde los pasajeros empiezan a morir con los ojos blancos, no lo dudes: el expreso del horror sigue en marcha. Solo asegúrate de no mirar demasiado a los ojos de tu compañero de compartimento.
SINOPSIS
Un extraño antropoide es encontrado en la zona de Manchuria por un científico inglés y es trasladado en un tren a Londres. Sera el inicio de un viaje maldito lleno de extrañas situaciones y muertes cuando este vuelva a la vida.







