Fuck My Son! (Todd Rohal)
Fuck My Son! (Todd Rohal)

En los años 70, el cine se llenó de una inmundicia fílmica deliciosa. John Waters rodaba Pink Flamingos como si el vómito fuera una forma de expresión política, Herschell Gordon Lewis inventaba el gore con cubos de sangre de carnicero, y Lloyd Kaufman levantaba la bandera de Troma con superhéroes deformes y mutantes radioactivos. En aquel ecosistema de grano grueso, sexo sucio y provocación visual, el mal gusto no era un error: era una declaración de libertad.

Medio siglo después, Todd Rohal parece haber bebido directamente de esa cloaca santa con Fuck My Son!, adaptación del cómic underground de Johnny Ryan, el enfant terrible de la ilustración grotesca. Lo que en los 70 era protesta contracultural, hoy renace como exorcismo de la corrección: una película que se ríe del tabú, lo exprime y lo lanza a la cara del espectador con una carcajada podrida. Y sí, si esto te suena a Pink Flamingos, Cabeza Borradora y El Vengador Tóxico mezcladas en un solo líquido corporal, vas bien encaminado.

También editada por Todd Rohal y con fotografía de Benjamin Kasulke, la película adapta el cómic Fuck My Son: A Tale of Terror, Issue One de Johnny Ryan, publicado dentro del circuito de fanzines underground más infames de los 2000. La historia, si puede llamarse así, es tan simple como enfermiza: una madre anciana secuestra a una joven y a su hija para que la primera “ayude” a su hijo mutante a perder la virginidad. Con esta premisa, Rohal levanta un altar al absurdo más repugnante, entre la risa, el asco y el desconcierto. Se estrenó en festivales como el TIFF 2025 y Sitges, donde fue recibida con aplausos, arcadas y carcajadas a partes iguales.

Rohal, que ya venía del humor incómodo y los personajes marginales en The Guatemalan Handshake o Catechism Cataclysm, se lanza aquí al vacío del “trash ilustrado”. Todo huele a serie B, pero hecho con una precisión quirúrgica: fotografía granulada, decorados inmundos, prótesis de látex dignas de Troma y un sonido que parece grabado en una cloaca para mantener el tono subterráneo.

El homenaje al cine de los 70 no es gratuito: cada plano parece salido de una bobina perdida de Waters o de una película de exploitation italiana, pero con un nivel de autoconsciencia contemporáneo. Rohal no finge que esto sea “cine de prestigio”, sino un acto de liberación del mal gusto.

Fuck My Son! (Todd Rohal)
Fuck My Son! (Todd Rohal)

El filme se instala en esa frontera peligrosa entre el horror y la risa nerviosa. Rohal y Ryan entienden que el asco, como el miedo, necesita ritmo. Cada secuencia empuja el límite del espectador: genitales mutantes, cuerpos supurantes, fluidos imposibles y una escenografía que parece diseñada por un adolescente poseído por el espíritu de Francis Bacon.

El humor es clave. No hay chistes “normales”; hay situaciones tan absurdas que la risa se convierte en defensa. La película entera parece decirte: “¿Todavía sigues mirando? Entonces eres de los nuestros.” Es un mecanismo heredado del midnight cinema, esas sesiones de medianoche en las que lo grotesco y lo ridículo convivían sin disculpas.

El gore aquí no busca realismo, sino textura. Rohal usa sangre espesa, de color casi fucsia, que salpica como si fuera tinta del cómic original. Hay una fidelidad sorprendente al trazo sucio de Johnny Ryan: el film parece una historieta viva, deformada, viscosa.

Este tipo de gore caricaturesco recuerda al de Street Trash (1987), Basket Case (1982) o incluso Meet the Feebles de Peter Jackson, antes de que se volviera respetable. Pero Rohal introduce un elemento nuevo: el uso de imágenes generadas por IA, intencionalmente feas, que acentúan el carácter mutante y antinatural del conjunto. Es decir, ni siquiera las máquinas quieren hacer algo tan feo… y él lo consigue.

Fuck My Son! (Todd Rohal)
Fuck My Son! (Todd Rohal)

Parte del público ha interpretado Fuck My Son! como una broma gigantesca al circuito de festivales: una película tan deliberadamente grotesca que funciona como espejo de nuestra fascinación por “lo transgresor”. Y puede que algo de eso haya.

El filme carece de una narrativa clásica; avanza a golpes de shock, entre lo escatológico y lo absurdo. Pero ahí está su gracia: Rohal no busca emocionar ni contar una historia, sino reproducir el sentimiento del cómic de Ryan, que era puro vómito en tinta. El resultado es un “cine-objeto”, un artefacto diseñado para incomodar, como si Waters hubiese tenido acceso a la posproducción digital y una biblioteca de memes enfermizos.

Funciona: el tono, el ritmo grotesco, la fidelidad al cómic, el diseño repulsivo. También su audacia: pocos filmes de 2025 se atreven a ser tan abiertamente desagradables.

No funciona: su estructura repetitiva y la sensación de que, tras la tercera escena de fluidos, ya hemos visto el truco. Algunos críticos lo han descrito como “una experiencia más divertida de contar que de ver”. Puede ser. Pero eso también era cierto de Cabeza Borradora, Holocausto Caníbal o Begotten. El cine extremo no siempre busca gustar: busca quedarse en tu cabeza.

Fuck My Son! es una bofetada. Pero una bofetada necesaria. En tiempos de filtros, normas y sensibilidad higiénica, Rohal reivindica el derecho a lo asqueroso. Su película es una mezcla entre sátira, vómito y performance: un recordatorio de que el cine puede seguir siendo sucio, físico y ofensivo.

Puede que no te guste. Probablemente te dé náuseas. Pero si alguna vez has reído con Pink Flamingos, vibrado con Street Trash o celebrado los excesos de Troma, aquí hay una nueva entrada para tu colección de aberraciones favoritas.

Fuck My Son! (Todd Rohal)
Fuck My Son! (Todd Rohal)

SINOPSIS

Una anciana decrépita secuestra a una joven madre y a su hija para cumplir una misión sagrada: ayudar a su hijo mutante a perder la virginidad.

TRAILER