
Las bibliotecas han sido siempre magníficas casas encantadas. En El nombre de la rosa, el conocimiento podía matar; en La novena puerta, cada página escondía una llave infernal; y en La Jetée, las imágenes convertían la memoria en una forma de viaje temporal. Chronovisor (2026), debut en el largometraje de Jack Auen y Kevin Walker, se instala justo en el cruce de esos caminos: una película de ciencia ficción y terror cerebral donde investigar no es el trámite previo a la aventura, sino la aventura misma. El Festival de Róterdam la presentó como un academic-noir de estirpe borgiana.
Auen y Walker levantan una ficción alrededor de materiales reales, mezclando relato, investigación y archivo hasta que resulta difícil distinguir dónde termina el ensayo y comienza la conspiración. La propia Sellier no era actriz, sino profesora de ciencias del comportamiento, una elección que aporta verosimilitud a una protagonista cuya obsesión se construye mediante el gesto de leer, subrayar, traducir y relacionar pistas. Aquí no hay que correr delante de una roca gigante: una nota al pie puede resultar igual de peligrosa.

La gran singularidad de Chronovisor reside en convertir el texto en acción cinematográfica. Buena parte de la película muestra libros, artículos y documentos en varios idiomas, con traducciones incorporadas sobre los pasajes relevantes. Rodada en 16 mm por Leo Zhang y utilizando sobre todo luz natural o práctica, la producción convirtió cuatro bibliotecas reales, el Yale Club de Nueva York, la German Society de Filadelfia, la Gilman School y la George Peabody Library de Baltimore, en fragmentos de un mismo laberinto nocturno. Esa materialidad analógica no funciona como simple fetichismo retro. El grano, las encuadernaciones gastadas, las cintas magnéticas y las zonas de sombra hablan de una memoria que solo puede recuperarse a través de soportes imperfectos. Auen y Walker acompañan esa búsqueda con música de Los planetas de Gustav Holst y cantos gregorianos, otorgando una escala casi cósmica al acto aparentemente modesto de consultar un archivo. La película acaba comportándose como el propio cronovisor: recoge restos del pasado, los reorganiza y los proyecta ante nosotros con la promesa, nunca del todo fiable, de revelar la verdad.
Pero también hay veneno dentro del cáliz. Chronovisor entiende la seducción de las teorías conspirativas sin confundir fascinación con credulidad. Cada documento conduce a otro y cada respuesta abre un pasillo nuevo, hasta que la investigación amenaza con devorar la identidad de quien investiga. Es una idea especialmente contemporánea, aunque sus herramientas sean libros, microfilmes y VHS: antes de los algoritmos también existían agujeros de conejo, solo que olían a polvo y cerraban por la noche.
Tras su estreno mundial en el Festival de Róterdam y su paso por New Directors/New Films, Chronovisor inició su distribución en salas estadounidenses el 4 de septiembre de 2026 de la mano de Grasshopper Film. Más que resolver si la máquina existió, la película parece interesada en una pregunta bastante más incómoda: ¿qué ocurriría si encontráramos una prueba capaz de confirmar cualquier momento de la historia? Con una propuesta formal tan austera como audaz, Auen y Walker transforman la lectura en suspense y el archivo en una puerta hacia lo imposible. A veces el futuro del cine estaba escondido en una biblioteca.

SINOPSIS
Béatrice Courte, una respetada académica interpretada por Anne-Laure Sellier, trabaja en una monografía sobre las teorías históricas de la memoria cuando descubre la historia del cronovisor. El aparato habría sido construido en los años cincuenta por el monje benedictino y musicólogo Pellegrino Ernetti para captar las señales audiovisuales del pasado y reproducirlas en una pantalla. Ernetti llegó a asegurar que había contemplado discursos de Cicerón y la crucifixión de Cristo, antes de que el invento fuera supuestamente silenciado por el Vaticano. El hombre y sus afirmaciones existieron; la máquina, casi con toda seguridad, no. Ahí comienza el delicioso problema.








