Playa sangrienta (Jeffrey Bloom)
Desde tiempos inmemoriales el océano y el mar han sido generadores de las más increíbles leyendas y han custodiado los temores del ser humano hacia las profundidades de sus abismos y de las criaturas que en ellas se ocultan. Monstruos mitológicos como el Kraken, las sirenas o las criaturas primigenias del Maestro H.P Lovecraft, el cual desarrollo una aversión al mar tras consumir pescado en mal estado, son solo un pequeño ejemplo de los que es capaz de darnos el océano. Comida, camino, pero también oscuridad y horror oculto de sus profundidades. Ya dentro del ámbito cinematográfico son muchas las películas que han reflejado el terror del ser humano hacia lo profundo del océano, desde La mujer y el monstruo de Jack Arnold, pasando por Piraña de Joe Dante, hasta la celebérrima Tiburón de Steven Spielberg. ¿Pero qué pensaríais si el monstruo en vez de estar en el mar estuviera en la arena?
En ese contexto, Jeffrey Bloom estrenó Playa sangrienta, una película que parecía seguir el manual del éxito… pero con un giro: no hay tiburones, no hay mar abierto. El enemigo está bajo la arena. El eslogan promocional lo dejaba claro: “Just when you thought it was safe to go back in the water… you can’t get to it.” Es decir, olvídate del baño: ni siquiera llegarás a la orilla.
Jeffrey Bloom, el director de Flores en Ático, sitúa la acción de esta monster movie en las arenas de la playa de Santa Monica. Tras dos títulos con financiación británica el realizador encontró la oportunidad de realizar una película en suelo americano gracias a la productora Carole Wilson que tenía en sus manos el guion de Blood Beach.
El rodaje tuvo lugar en la propia Venice Beach, lo que aporta cierto realismo urbano y decadente. Bloom y su equipo aprovecharon el contraste entre el sol californiano y el horror que se esconde bajo la superficie: la arena, símbolo de vacaciones y relax, se convierte en terreno mortal.
Aunque el presupuesto era limitado, la película luce un reparto de secundarios sólidos para su liga: Burt Young (sí, el Paulie de Rocky) como el policía cascarrabias, y Marianna Hill (El Padrino Parte II, Mesías del mal), que aporta un toque melancólico y extraño. La música, obra de Gil Mellé, es un sintetizador tenso que recuerda a otros scores de terror de principios de los 80, aunque no alcanza la pegajosidad de Carpenter.
A nivel técnico, Bloom opta por sugerir más que mostrar: la criatura nunca se ve claramente, y los ataques se resuelven con planos de arena removiéndose, gritos y algún miembro amputado. Esto, que podría verse como una carencia, también le da un aire de horror invisible a lo Val Lewton: lo que no se ve, inquieta más… al menos en teoría.
El diseño de la criatura no es lo que querían los artífices de Playa Sangrienta, ellos querían algo más parecido al Alíen de Ridley Scott pero la falta de presupuesto les condeno a un esbozo caricaturesco de lo que tenían en mente.
El final dejaba abierta la posibilidad a una segunda parte que el propio Bloom tenia en mente con el título de “Son of a Beach” o “Bloodier Beach” aunque nunca vio la luz y su director se centro en otros proyectos ya alejados del terror.
Playa sangrienta coquetea con el subgénero del eco-horror: se menciona que las criaturas pueden haber mutado por contaminación marina o experimentos militares, sin dar explicaciones definitivas. Esta ambigüedad le permite funcionar como metáfora del miedo urbano —ese Los Ángeles playero lleno de hippies, vagabundos y turistas— donde el peligro puede acecharte incluso en el espacio más abierto.
Sin embargo, el guion también tiene un pulso extraño: alterna escenas de investigación policial bastante secas con momentos de humor involuntario (los interrogatorios absurdos, los personajes excéntricos que aparecen y desaparecen). No es Piraña de Joe Dante, que abrazaba la autoparodia, pero tampoco es un thriller completamente serio.
Si Tiburón fue la biblia, Playa sangrienta sería uno de esos evangelios apócrifos: comparte la estructura (ataques, investigación, confrontación final), pero cambia el medio acuático por un terreno más barato de filmar. En ese sentido, está emparentada con otras monster movies low-cost de la época como The Boogens (1981) o Humanoids from the Deep (1980), que mezclaban efectos prácticos de serie B con ideas más ambiciosas de lo que el presupuesto permitía.
Además, Playa sangrienta se inscribe en la moda de criaturas ocultas que dominó parte de la década: Temblores (1990) sería su primo lejano más exitoso, con gusanos subterráneos y humor mejor calibrado. Incluso se puede ver como una precursora mínima de The Sand (2015), donde otro grupo de incautos queda atrapado en una playa mortal.
También resulta tentador imaginar la película alternativa que nunca existió. Durante la preparación se anunció que Christopher Lee compartiría reparto con John Saxon y Burt Young, aunque finalmente no participó. Su presencia habría elevado todavía más el índice de masculinidad pétrea del conjunto, pero Saxon y Young ya aportan suficiente autoridad de cine de barrio, dos tipos capaces de mirar una montaña de arena con la seriedad de quien está interrogando al mismísimo Charles Manson.
En su estreno, la crítica no fue amable: se le achacó falta de ritmo, poca tensión y una conclusión anticlimática. Sin embargo, con el tiempo ha ganado cierta aura de rareza buscada por coleccionistas de VHS y fans del cine de terror ochentero más esquivo. No por ser una joya perdida, sino por ser un testimonio de aquella época en que cualquier idea podía convertirse en monster movie si se encontraba un título pegadizo.
Hoy se recuerda sobre todo por su premisa absurda y su cartel —con una mujer semienterrada alcanzando desesperada la superficie— más que por sus escenas memorables. Pero ese es precisamente el encanto del trash cinematográfico: la promesa siempre es más grande que la entrega.
A día de hoy Blood Beach no ha tenido aun un adecuado lanzamiento en DVD ni una versión especial digna para coleccionistas debido a que el original en 35mm se encuentra en paradero desconocido y un lío con los derechos de autor. Así que la única posibilidad que vas a tener para verla es buscarla en alguna copia oscura y granulada disponible en Youtube.
Playa sangrienta no posee la precisión de los grandes monstruos cinematográficos ni parece demasiado interesada en alcanzarla. Su verdadero atractivo está en esa combinación de premisa absurda, localizaciones reconocibles y absoluta convicción. Es una película nacida para ser descubierta una noche de verano, cuando la crema solar, las sombrillas y los castillos de arena empiezan a parecer elementos de una escena del crimen.
Sin duda no es una obra maestra del cine, pero si una pequeña joya de culto, esa película oculta en las estanterías de un videoclub de barrio con una caratula digna de atención y que hará las delicias de los buenos amantes del cine de serie B como nosotros. Una maravilla ochentera a redescubrir urgentemente.
Algo o alguien está atacando a las personas una por una en la playa. Algunos son mutilados, pero la mayoría son absorbidos por la arena, desapareciendo sin dejar rastro. ¿Qué extraña criatura puede ser al responsable de esta carnicería? Mientras tanto, David Huffman y Mariana Hill son dos viejos amigos que se han vuelto a reunir en la playa por la muerte de la madre de uno de ellos. Ahora se dedicarán a buscar pistas en los edificios abandonados donde solían jugar cuando eran jóvenes para intentar resolver este sangriento misterio.
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