Pulse (Paul Golding)
En los años 80, el terror empezó a colarse en lo cotidiano: si Poltergeist (1982) hacía que le temiéramos al televisor y Christine (1983) convertía un coche en asesino, Latido (Pulse, 1988) dio un paso más allá y apuntó al enemigo menos pensado: la electricidad misma. En una década donde los objetos domésticos se volvían inquietantes —como en Maximum Overdrive (1986) o la inquietante tecnología de Videodrome (1983)—, esta pequeña producción independiente de Paul Golding encontró su sitio proponiendo que no hay nada más terrorífico que lo que pasa por los cables de tu propia casa.
Latido se inscribe de lleno en ese subgénero fascinante y a menudo subestimado conocido como tech horror, donde la tecnología no es solo un instrumento, sino la raíz misma del terror. Junto a rarezas como Llamada mortal (1982), en la que una llamada puede matarte con una descarga; El Ascensor (The Lift, 1983), que convierte un elevador en psicópata; Engendro mecánico (1977), donde una inteligencia artificial quiere reproducirse con una humana; o The Car (1977), con su coche poseído sin conductor, Latido comparte una paranoia clave: la pérdida de control sobre lo que hemos creado. Este subgénero floreció en la era pre-digital como una respuesta inconsciente al avance tecnológico desbocado, mostrando que los aparatos diseñados para facilitarnos la vida también pueden encerrarnos, espiarnos… o incluso matarnos.
El tech horror funciona como un espejo distorsionado de nuestros propios avances: cuanto más dependemos de la tecnología, más potencial tiene esta para volverse en nuestra contra. A diferencia del horror sobrenatural clásico, aquí no hay maldiciones milenarias ni espectros vengativos; el miedo nace del presente, de lo tangible, de los objetos que usamos a diario. En este sentido, películas como Latido adquieren una dimensión casi profética: anticipan un mundo donde lo electrónico ya no es neutral, sino un ente con agenda propia. Este tipo de cine nos obliga a cuestionar la falsa seguridad de nuestras rutinas, mostrando que incluso una bombilla o un microondas pueden esconder una amenaza. Y lo mejor: lo hacen sin necesidad de explicaciones excesivas, solo insinuando que algo no está bien… y eso basta para sembrar el terror.
Aunque el nombre de Paul Golding no figura junto a los grandes gurús del terror, Pulse nació con un presupuesto de apenas 6 millones de dólares y bajo el amparo de Aspen Film Society, la compañía de Steve Martin. Rodada en sólidas cinco semanas, terminó un día antes y ¡un millón abajo del presupuesto! Ese ahorro permitió a Golding encargar a Oxford Scientific Films efectos que hoy sorprenden por su creatividad, desde televisores que “suenan” con gruñidos mortales hasta ventiladores que giran con voluntad propia.
Se trata de cine independiente puro: no hay rastro de efectos gigantescos ni batallones de extras, sino ingenio, mejores ideas que medios y mucho mimo por el detalle. Muchas secuencias fueron rodadas de noche, con iluminación mínima y cámaras portátiles, lo que añade una capa de verismo casi documental: la amenaza eléctrica no necesita ruido, basta su presencia.
Lo curioso: en una época sin internet y con el VHS al alza, Latido se mantuvo casi oculto durante años, hasta que un culto nocturno lo rescató. Hoy circula como joya oculta del terror de los 80.
En un momento en que el fax y el módem aún reinaban, Pulse tomó el pulso—nunca mejor dicho—al miedo a la dependencia tecnológica. Golding parte de dos premisas: el “sonido viviente” de una casa (inspiración de su amigo cinematógrafo) y la revolución de un ordenador que se reprograma solo. El resultado: un “slasher eléctrico” que acecha en cada enchufe, cable y chispa. Aquí el asesino no lleva máscara ni cuchillo, sino un campo electromagnético con instinto de supervivencia. No hay monstruo visible. Solo cables retorciéndose, chisporroteos repentinos, zumbidos raros… Golding consigue que lo invisible sea más aterrador que lo visible. La forma en que se manifiesta —luces titilantes, aparatos que cobran vida (televisores, radios), pulsaciones invisibles— añade un aire siniestro que se queda en la mente. Nos recuerda a otros conceptos abstractos y artísticos, casi estilo The Ring, pero aquí sin protagonista monstruo; este es mucho más ambiguo.
Una de las decisiones más fascinantes de Paul Golding fue representar visualmente lo invisible: el trayecto del “pulso” a través de la red eléctrica. Lejos de optar por una abstracción total, hay escenas hipnóticas en las que vemos cómo la corriente se escapa de la central eléctrica como si fuera un ente viviente, con planos detalle que recuerdan a los efectos experimentales de 2001: Una odisea del espacio o Tron. El director nos mete dentro de los cables, literalmente: seguimos al pulso en primeros planos que recorren placas, chips y circuitos como si fueran autopistas microscópicas de tensión y muerte. Es en estos momentos donde la película deja de ser solo una historia de terror para convertirse en una experiencia sensorial, casi psicodélica. Golding logra algo único: que el espectador “sienta” la electricidad más allá del susto.
Una de las escenas más intensas ocurre cuando un personaje está trabajando en un garaje oscuro. De pronto, un destello eléctrico recorre las herramientas y el momento de tensión está tan bien medido que el silencio —solo roto por un zumbido leve— estremece.
Un clásico de Latido: un televisor encendido en casa aparentemente sin razón. La pantalla parpadea, la imagen se distorsiona y hay algo inquietante cuando las formas eléctricas parecen «empatizar»: la electricidad no solo mata, se comunica.
El final es una oleada de pulsos cortantes. No se nos da una explicación exhaustiva; se nos deja respirar en medio del caos. Ese silencio final, solo roto por una brizna eléctrica que chisporrotea, es puro acierto atmosférico.
Jay Ferguson, veterano tras The Terminator y Pesadilla en Elm Street 5, entrega un score electrónico-minimalista que impulsa la tensión. Los “zaps” digitales y los silbidos armónicos se mezclan con ruido industrial: no es música que acompañe, es una protagonista invisible que guía al ente maligno. Cada golpe de percusión electrónica marca un paso más hacia el desastre, reforzando la idea de que el sonido… también mata.
Más allá del susto, Pulse funciona como crítica velada al conformismo de la era Reagan: casas idénticas, césped perfecto y familias desconectadas. El monstruo no Xtreme-iza al suburbio, lo posee desde dentro: ¿qué mejor metáfora de la cultura del consumo que una red eléctrica que se alimenta de tus comodidades para destruirte? Golding vislumbra la “casa como cárcel” mucho antes de que internet se mudara a tu sala de estar.
Aunque no alcanzó el estatus de clásico mainstream, Pulse brilla por originalidad y valentía: un indie que no se plegó a la lógica de “monstruo físico” y apostó por el abstracto. Hoy, sus secuencias siguen siendo material de estudio para fans de SFX prácticos y terror conceptual.
David Rockland (Joey Lawrence) llega a la casa de su padre en un tranquilo barrio de Los Ángeles. No tarda en descubrir que tras el confort de la vida moderna acecha un ente invisible: un pulso eléctrico inteligente que corrompe electrodomésticos extiende su hambre por las paredes y convierte la tecnología en arma letal. Padre e hijo tendrán que enfrentarse a este “voltio vivo” si quieren salir con vida.
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