
Hay directores que filman historias y otros, como Mark Jenkin, parecen empeñados en rescatar fantasmas del pasado. Tras la rugosa Bait y la inquietante Enys Men, el cineasta de Cornualles regresa con Rose of Nevada, una película que conecta con esa tradición del folk horror y la ciencia ficción melancólica de títulos como El Faro, Keepers, el misterio del faro o incluso la reciente La hija eterna, donde los espacios aislados y los ecos del pasado se convierten en protagonistas. Aquí, la aparición de un barco pesquero desaparecido décadas atrás sirve como punto de partida para una experiencia más cercana al misterio existencial que al terror convencional: una reflexión sobre la memoria, el duelo y las comunidades condenadas a desaparecer, envuelta en esa inconfundible estética analógica y artesanal que ha convertido a Jenkin en una de las voces más singulares del cine británico contemporáneo.
La premisa ya contiene todos los ingredientes para obsesionar a cualquier amante del fantástico británico. Un pesquero desaparecido treinta años atrás reaparece misteriosamente en un pequeño pueblo costero. La embarcación, la Rose of Nevada, vuelve intacta, pero sin rastro de la tripulación. Dos hombres aceptan trabajar a bordo y, tras hacerse a la mar, descubrirán que el tiempo no funciona exactamente como debería.
Pero sería un error acercarse a Rose of Nevada esperando un relato convencional de viajes temporales o una película de terror de sustos programados. Jenkin juega en otra liga. Si algo distingue el trabajo del director es su radical compromiso con el cine físico. Una vez más, Jenkin ejerce prácticamente como hombre orquesta: escribe, dirige, fotografía, monta, diseña el sonido y compone la música de la película.
Su metodología, lejos de suavizarse con un presupuesto mayor y un reparto más conocido, sigue apostando por la imperfección deliberada. Rose of Nevada fue rodada en 16 mm utilizando cámaras Bolex mecánicas, manteniendo esa textura granulada y casi arqueológica que se ha convertido en su sello personal. En una época dominada por la nitidez digital extrema, Jenkin reivindica la suciedad visual: arañazos, fluctuaciones lumínicas y un color saturado que convierten cada plano en una especie de recuerdo deteriorado.
Y tiene sentido. Porque Rose of Nevada habla precisamente de eso, de la memoria, de aquello que se desvanece y de la imposibilidad de recuperar intacto el pasado.
Aunque la película ha sido etiquetada como terror, quizá sea más apropiado hablar de inquietud existencial. El horror en Jenkin nunca aparece como una entidad concreta. No hay criaturas escondidas entre las sombras ni explosiones de violencia gratuitas. El miedo surge de algo mucho más incómodo: la sensación de que el tiempo ha dejado de obedecer las reglas conocidas.
En ese sentido, Rose of Nevada conecta directamente con la tradición de la folk horror británica. Comparte ADN con obras como The Stone Tape o incluso con el reciente trabajo del propio Jenkin en Enys Men. Lo sobrenatural se integra en el paisaje cotidiano sin necesidad de explicaciones racionales. El mar, omnipresente, actúa como una frontera entre dimensiones temporales. Un espacio donde las heridas del pasado siguen abiertas.

Quizá el aspecto más fascinante del filme sea cómo utiliza una premisa clásica de ciencia ficción para hablar de algo profundamente humano. La película plantea preguntas incómodas: ¿qué haríamos si pudiéramos regresar a una época aparentemente mejor? ¿Es posible reconstruir una comunidad perdida? ¿Puede el pasado ofrecer consuelo o solo perpetuar la nostalgia?
Lejos de la espectacularidad tecnológica habitual del género, Jenkin apuesta por una ciencia ficción artesanal, casi accidental. Según diversas críticas internacionales, el componente fantástico emerge lentamente, integrándose en una atmósfera dominada por la melancolía y el duelo. Es una decisión coherente con su cine en el que la tecnología nunca ocupa el centro del relato; son las personas quienes deben enfrentarse a las consecuencias emocionales de lo imposible.
También hay una lectura política soterrada. Como ocurría en Bait, Jenkin vuelve a retratar comunidades costeras golpeadas por la transformación económica y cultural. La desaparición progresiva de determinadas formas de vida atraviesa la película como un eco persistente.
No resulta casual que el director continúe rodando íntegramente en Cornualles, utilizando localizaciones reales y colaborando estrechamente con el entorno donde creció. Rose of Nevada fue filmada en puertos auténticos y empleó un barco pesquero operativo durante la producción. Su cine no busca idealizar el pasado, sino registrar aquello que corre el riesgo de desaparecer.
A falta de un estreno más amplio y de que el público general pueda enfrentarse a ella, todo apunta a que Rose of Nevada representa una evolución natural dentro de la filmografía de Mark Jenkin.
Es probable que quienes busquen respuestas claras o estructuras narrativas convencionales salgan frustrados. Pero aquellos espectadores dispuestos a dejarse arrastrar por su lógica onírica encontrarán una obra singular, hermosa y profundamente inquietante.
En un panorama cinematográfico obsesionado con las franquicias y la homogeneización estética, Jenkin sigue empeñado en demostrar que otra forma de hacer cine es posible: imperfecta, artesanal y ferozmente personal.
Y quizá ahí resida el verdadero milagro de Rose of Nevada. No en el barco que regresa del pasado. Sino en la existencia de cineastas capaces de seguir navegando contracorriente.
SINOPSIS
Un pesquero desaparecido treinta años atrás reaparece misteriosamente en un pequeño pueblo costero. La embarcación, la Rose of Nevada, vuelve intacta, pero sin rastro de la tripulación. Dos hombres aceptan trabajar a bordo y, tras hacerse a la mar, descubrirán que el tiempo no funciona exactamente como








