
Del Tiburón de Spielberg al jabalí vengativo de Razorback, pasando por el gato resucitado de Cementerio de Animales o los pájaros cabreadísimos de Hitchcock, el terror siempre ha tenido en los animales un filón tan visceral como imprevisible. Pero ojo, porque Good Boy, de Ben Leonberg, no se apunta a la lista de “animales asesinos” ni “mascotas infernales”: aquí no es el perro quien da miedo, sino el que lo siente. Y esa vuelta de tuerca convierte a Indy en uno de los protagonistas más insólitos y conmovedores que ha dado el género en años.
Olvida los niños poseídos, casas embrujadas vistas desde pasillos vacíos o reflejos en espejos. Good Boy nos propone algo inesperado: mirar el horror… desde el suelo, a la altura de un perro. Indy, el auténtico perro real del director Ben Leonberg, es quien lo ve todo. Y no hay diálogo ni voz en off: solo instinto, silencio, y mucho, mucho suspense.
Este filme independiente, producido por el propio Leonberg y Kari Fischer, fue rodado en una granja rural del norte del estado de Nueva York con una idea tan loca como brillante: encuadrar muchas escenas a la altura del perro para que veas exactamente lo que él ve. Además, Leonberg, que venía del mundo de la realidad virtual, se encargó incluso del ‘compositing’ en post‑producción —sí, se borró de pantalla para que fuera solo el punto de vista de Indy—. Si eso no es cine de guerrilla con estilo, ya me dirás qué lo es.

El guion, firmado por Leonberg y Alex Cannon, prescinde de darle voz al perro. Indy no habla, pero lo dice todo con su mirada clavada en rincones que, atención, están vacíos… al menos para nosotros. La película se apoya también en llamadas telefónicas, cintas de VHS y flashbacks para contarnos la historia —una familia que acaba de perder a un ser querido y que huye a una vieja granja, solo para toparse con algo que solo su perro siente—. Ese retraso entre lo que sabe Indy y lo que entiende el humano crea tensión pura.
Wade Grebnoel es el director de fotografía, y logra algo que ya es un clásico del look “desde abajo”: encuadres caninos, niebla real (no pantallas verdes), gotas de lluvia, una atmósfera que te rasca los pelos del cuello mientras piensas “¿qué coño está mirando el perro?” La música de Sam Boase‑Miller acompaña ese suspense canino, como un cello fantasmal que te recuerda al viejo terror gótico —efectista sin artificios—.
Good Boy se estrenó en SXSW el 10 de marzo de 2025 y luego pasó por el Festival Overlook, Melbourne y Lincoln Center. Shudder e IFC compraron los derechos y la película llegará a cines en EE. UU. el 3 de octubre de 2025 (y en Reino Unido el 10). Gracias al bombo del tráiler, ahora contará con un estreno ampliado, no limitado.
El cine de terror raramente te obliga a ver desde un ser no humano. Aquí, cada crujido, cada sombra, cada rincón que Indy observa se convierte en amenaza psicológica. No hay CGI recargado, no hay distracciones; solo un perro y lo que él siente. El minimalismo produce el máximo efecto. Produce empatía, porque es tu perro, no un actor digital. Lo sientes en cada decisión que toma Indy —y su mirada lo dice todo.
Good Boy es lo que ocurre cuando el cine de género se atreve a cambiar el narrador: dejas de ver el miedo con ojos humanos y lo experimentas con el instinto peludo al lado de la cama. Es íntimo, claustrofóbico, divertido por lo bizarro y profundamente emocional. Y sobre todo: es el tipo de peliculita independiente que te regala algo que ya creías imposible en 2025 —pero ahí está—: un buen susto contado con el corazón de un perro.

SINOPSIS
Tras la pérdida de un ser querido, una familia se refugia en una vieja granja del norte del estado de Nueva York para empezar de nuevo. Pero quien primero percibe que algo extraño habita la casa no es ninguno de ellos, sino Indy, el perro de la familia. Desde su mirada, asistimos a un relato de horror sobrenatural en el que la lealtad canina se convierte en la única línea de defensa contra presencias invisibles que acechan en la oscuridad.








