Flux Gourmet (Peter Strickland)
Solemos reducir la visión de una película a la imagen y la palabra, olvidando una de las partes mas importante de la experiencia cinematográfica, el sonido. Pocas películas han dado protagonismo a este importantísimo aspecto, sin duda una cuarta dimensión que nos proporciona otra visión de los que estamos viendo y oyendo. Películas como Corazonada (1981) de Francis Ford Coppola, Impacto (1981) de Brian de Palma, o la más reciente Tres (2021) de Juanjo Giménez, nos transportan directamente a esta dimensión sonora de la imagen. Pero si hay un director que sabe aprovechar el sonido como nadie en sus películas ese es el interesantísimo e inclasificable realizador ingles Peter Strickland. Ya en su sugestiva y criptica Berberian Sound Studio nos introducía de lleno en el mundo oculto de la producción sonora en las películas de terror, con un elemento tan inimaginable como la comida. Pues bien, la comida y el sonido son los protagonistas indiscutibles de Flux Gourmet, su última alquimia audiovisual y quizás su mejor película hasta la fecha.
En Flux Gourmet Strickland nos sumerge de cabeza en su peculiar universo, fascinantemente extraño y obscenamente atractivo, en el que la meticulosidad del diseño de producción, en todos los sentidos, sofoca nuestra percepción y empacha nuestras sensaciones.
Strickland se ríe de todos y todo en Flux Gourmet, desde los artistas, los periodistas y los mecenas. En su nuevo filme la cocina es una zona de guerra, nada cómoda, nada amable (me viene a la memoria ese famoso concurso televisivo de la 1) donde la mujer, esclava eterna de la cocina, es una mera caricatura de si misma, deseando destrozar ese rol impuesto.
Sin duda Flux Gourmet no es un plato adecuado para todos los gustos, y sobre todo para gente que sufra de misofonía, pero es una rara avis dentro del panorama cinematográfico, una obra con un tono inclasificable y una rebeldía artística muy necesaria en estos tiempos de nostalgia y pocas luces.
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