Buffet Infinity (Simon Glassman)
Hay películas que intentan parecer originales y luego está Buffet Infinity, el debut en el largometraje del canadiense Simon Glassman, una rareza mutante que decide contar una historia de horror cósmico y sátira social exclusivamente mediante anuncios televisivos locales, infocomerciales baratos y emisiones de acceso público. Sí, como si David Lynch hubiese dirigido una maratón nocturna de teletienda después de tragarse demasiadas horas de Adult Swim.
La película, estrenada en 2025 y presentada en el Fantasia International Film Festival, parte de una premisa tan sencilla como brillante. En una pequeña localidad ficticia de Alberta empieza a desmoronarse social y psicológicamente tras la llegada de un nuevo restaurante buffet que desencadena rivalidades empresariales, cultos extraños, paranoia colectiva y fenómenos casi lovecraftianos. Todo ello sin abandonar jamás el formato publicitario. Según la información oficial del festival y diversas entrevistas promocionales, Glassman desarrolló inicialmente el concepto como un sketch de YouTube en 2020 antes de expandirlo a un largometraje. El director terminó rodando cientos de escenas y anuncios para construir este collage audiovisual enfermizo y adictivo.
Lo más fascinante de Buffet Infinity no es únicamente su excentricidad formal, sino cómo entiende la publicidad como un lenguaje del horror contemporáneo. Glassman parte de una idea tremendamente reconocible, llevamos tanto tiempo bombardeados por anuncios agresivos, jingles pegajosos y vendedores histéricos que ese ruido mediático ya forma parte de nuestro paisaje mental. La película simplemente empuja esa lógica unos centímetros más allá… hasta convertirla en una pesadilla.
El gran hallazgo del filme es convertir los infocomerciales en motor narrativo. Aquí no existen escenas tradicionales, ni transiciones convencionales, ni una estructura clásica de presentación-nudo-desenlace. Toda la información llega mediante anuncios absurdos de restaurantes, tiendas de colchones, concesionarios o líderes espirituales televisivos.
Y funciona sorprendentemente bien.
Glassman entiende algo fundamental, la publicidad siempre cuenta historias. Vende aspiraciones, miedo, deseo, pertenencia o ansiedad. Buffet Infinity explota precisamente esa manipulación emocional. Al principio, los anuncios parecen simples sketches cómicos VHS de bajo presupuesto, llenos de actuaciones exageradas y estética cutre deliberada. Pero poco a poco empieza a emerger una narrativa subterránea. Los negocios locales comienzan a atacarse entre sí en sus anuncios, aparecen desapariciones, mensajes paranoicos y figuras mesiánicas que secuestran el espacio televisivo.
La sensación es la de estar haciendo zapping a las tres de la mañana mientras la realidad empieza a romperse lentamente.
La comparación más evidente sería pensar en Network pasada por el filtro de Tim Heidecker y Eric Wareheim (tim & eric’s bedtime stories), con ecos del surrealismo televisivo de Too Many Cooks o incluso de ciertas piezas experimentales de Adult Swim. Pero Glassman consigue que todo eso no parezca una simple colección de referencias cool para cinéfilos terminales. Hay una identidad propia muy marcada. Bajo toda la locura visual y los jingles ridículos, Buffet Infinity es una sátira bastante venenosa sobre el capitalismo contemporáneo y la erosión de nuestra capacidad de atención.
La película muestra una comunidad completamente definida por el consumo y por la guerra constante por captar atención. Los habitantes del pueblo apenas parecen existir fuera de los anuncios. Todo se convierte en marca, promoción o eslogan. Incluso el horror acaba empaquetado como producto.
El buffet titular funciona casi como una entidad lovecraftiana invisible. Una especie de agujero negro consumista que va devorando identidades, negocios y sentido común. Resulta especialmente interesante cómo Glassman conecta esa dinámica con la estética de la televisión local norteamericana: anuncios baratos, entusiasmo artificial y empresarios desesperados sonriendo mientras el mundo arde detrás.
El filme también juega continuamente con la repetición publicitaria como mecanismo psicológico. Los mismos slogans regresan una y otra vez hasta adquirir un tono amenazante. Lo que primero provoca risa termina generando incomodidad. Ese cambio tonal está manejado con bastante inteligencia.
La presencia del enorme agujero junto al centro comercial funciona como una de las imágenes más potentes y perturbadoras de Buffet Infinity. Simon Glassman nunca explica del todo su origen, y precisamente ahí reside su fuerza simbólica. El sinkhole parece representar el vacío generado por una comunidad completamente absorbida por el consumo, la publicidad y la necesidad constante de estímulo. Situado junto al gran templo suburbano del capitalismo —el centro comercial—, el agujero actúa como una grieta física y psicológica que va devorando lentamente la realidad del pueblo. A medida que los anuncios se vuelven más agresivos, absurdos y paranoicos, la película sugiere que ese vacío crece alimentado por el propio ruido mediático. Es horror cósmico reinterpretado desde la televisión basura norteamericana: no hay portales místicos ni criaturas clásicas, sino parkings decadentes, jingles pegadizos y una sociedad consumiéndose a sí misma.
La secta y el extraño autor de libros motivacionales completan esa sátira sobre la manipulación mediática y la desesperación contemporánea por encontrar sentido dentro del caos. Glassman presenta al escritor como una mezcla delirante entre gurú televisivo de madrugada, coach espiritual y profeta conspiranoico, utilizando exactamente las mismas herramientas que el resto de anuncios del filme: slogans repetitivos, entusiasmo artificial y promesas vacías. Lo fascinante es que la película nunca deja claro si se trata de un simple charlatán oportunista o de alguien que realmente ha comprendido la naturaleza del colapso que afecta al pueblo. La secta funciona así como una extensión lógica de la publicidad: primero los anuncios venden productos, después venden miedo y finalmente terminan vendiendo salvación espiritual. En el universo enfermizo de Buffet Infinity, consumo, religión y entretenimiento televisivo forman parte del mismo espectáculo tóxico.
Y ahí reside uno de los grandes méritos del guion: entender que el surrealismo funciona mejor cuando nunca se explica del todo. Buffet Infinity jamás intenta racionalizar completamente sus elementos más absurdos. Los sinkholes, los cultos o las referencias cósmicas aparecen como parte natural de ese ecosistema mediático intoxicado.
Visualmente, la película abraza una estética VHS extremadamente sucia y fragmentada. La imagen parece grabada directamente de emisiones locales perdidas en una cinta olvidada durante décadas. Glassman utiliza ruido analógico, saturación excesiva y montaje frenético para reforzar esa sensación de sobrecarga mediática.
Y aunque el aspecto pueda parecer improvisado, detrás hay un trabajo técnico muy preciso. Construir una película entera basada en anuncios falsos exige ritmos internos muy específicos. Cada comercial necesita funcionar individualmente como sketch cómico y al mismo tiempo aportar piezas a la narrativa global. Además, el diseño sonoro juega un papel enorme. Los jingles pegadizos, las voces de locutores exaltados y la mezcla de sonidos televisivos terminan construyendo una atmósfera hipnótica. Es cine de terror hecho con contaminación audiovisual.
La producción fue realizada junto al productor Michael Peterson, colaborador habitual del cine de género canadiense. El proyecto llamó rápidamente la atención en el circuito fantástico precisamente por su radicalidad formal y por su manera de transformar materiales televisivos cotidianos en combustible para el horror.
Lo más refrescante de Buffet Infinity es que realmente parece hecha por alguien obsesionado con explorar las posibilidades del medio y no simplemente por replicar fórmulas de streaming. Puede que su estructura experimental no conecte con todo el mundo. Hay espectadores que probablemente acabarán agotados por el bombardeo constante de anuncios y por su narrativa fragmentada. Y sí, en algunos momentos el concepto parece estirarse más de la cuenta. Pero incluso cuando amenaza con desbordarse, la película mantiene una energía creativa muy poco habitual.
Simon Glassman demuestra además entender algo esencial del terror contemporáneo: ya no necesitamos monstruos clásicos para sentir inquietud. Basta con mirar alrededor. Pantallas omnipresentes, publicidad invasiva, discursos histéricos compitiendo por nuestra atención y consumidores atrapados en bucles de estímulo constante.
Buffet Infinity convierte todo eso en una comedia surrealista y enfermiza donde el fin del mundo llega disfrazado de promoción dos por uno. Y sinceramente, cuesta imaginar una idea más apropiada para estos tiempos.
En «Buffet Infinity» (2025), la rivalidad entre dos restaurantes en la ficticia Westridge County se narra exclusivamente a través de infocomerciales de bajo presupuesto, donde un sumidero en expansión y el crecimiento anómalo del Buffet Infinity —que devora el espacio como un ser vivo— revelan una pesadilla surrealista: un erudito religioso advierte que el sumidero es un vacío espiritual creado por la codicia local, mientras una secta ve en el restaurante un dios devorador, y los anuncios, cada vez más distorsionados, muestran cómo el consumo y la manipulación mediática corrompen a la comunidad, tragándosela literalmente.
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