Affection (BT Meza)
Si algo ha demostrado el cine de género en los últimos años es que las relaciones sentimentales son terreno fértil para el horror. Desde la descomposición emocional de Possession de Andrzej Żuławski hasta la mutación identitaria en el cine de David Cronenberg, pasando por los juegos con la percepción y la realidad de Alex Garland, el amor ha dejado de ser refugio para convertirse en un espacio profundamente inestable.
Affection, debut de BT Meza, se mete de lleno en esa tradición, pero con una idea muy concreta bajo el brazo. ¿Qué pasa cuando no puedes confiar ni en tus propios recuerdos… y mucho menos en la persona que tienes al lado? El resultado es un híbrido incómodo entre thriller psicológico, ciencia ficción y body horror que juega constantemente a descolocar al espectador.
El gran acierto de Affection está en su premisa, no utiliza la amnesia como simple recurso narrativo, sino como motor de una idea más ambiciosa. Aquí la memoria no es solo frágil, es manipulable, reescribible, casi programable. Y eso desplaza la película hacia un terreno claramente sci-fi sin abandonar nunca su núcleo íntimo.
Meza construye así una especie de laboratorio emocional donde cada interacción está contaminada por la duda. La casa, lejos de ser un refugio, se convierte en un espacio hostil donde todo parece ligeramente fuera de lugar. Esta tensión entre lo cotidiano y lo anómalo es lo que sostiene gran parte del metraje, generando una incomodidad constante que funciona especialmente bien en su primera mitad.
En una película que juega tanto con la percepción y la identidad, el trabajo de Jessica Rothe es clave. Rothe no solo interpreta a una mujer desorientada, sino a múltiples versiones de un mismo personaje, cada una marcada por el punto exacto en el que su memoria se rompe.
Hay algo muy físico en su interpretación, una sensación de desgaste progresivo que ayuda a mantener la credibilidad incluso cuando la historia empieza a tensar sus propios límites. Es, sin duda, el elemento que evita que Affection se convierta en un ejercicio frío o demasiado conceptual. Durante buena parte del metraje, Affection funciona como un thriller psicológico contenido, casi minimalista. Pero llega un punto en el que decide dar un paso más y abrazar de lleno la ciencia ficción y el horror corporal.
Es ahí donde la película muestra sus cartas y, al mismo tiempo, donde se vuelve más divisiva. La influencia de Cronenberg se hace evidente en la forma en que el cuerpo deja de ser algo estable y pasa a convertirse en otro campo de conflicto. La idea es potente y coherente con lo planteado, pero su ejecución no siempre está a la altura de su ambición.
Hay momentos en los que la película parece pedirle al espectador un salto de fe considerable. Si entras en ese juego, la experiencia gana en intensidad. Si no, es fácil sentir que el relato pierde el control de sí mismo. Bajo su capa de sci-fi y horror, Affection es también una película sobre el duelo y la incapacidad de aceptar la pérdida. El problema es que, en su tramo final, estas ideas quedan parcialmente sepultadas bajo la necesidad de explicar lo que está ocurriendo.
La película quiere cerrar su misterio, dar sentido a sus elementos más extraños y, al hacerlo, pierde parte de la ambigüedad que la hacía interesante. Como apuntan algunas críticas, el giro hacia lo explicativo resulta menos convincente que la tensión previa basada en la incertidumbre.
No es tanto que la historia se rompa, sino que su ambición narrativa acaba jugando en su contra. Su paso por festivales como Screamfest o FrightFest confirma lo que ya sugiere su propuesta: estamos ante una película pensada para un público de género, abierta a riesgos y más interesada en provocar sensaciones que en ofrecer respuestas cómodas.
Affection es una película imperfecta, pero con identidad. Tiene ideas potentes, una interpretación central muy sólida y un enfoque que intenta ir más allá del terror convencional. No siempre consigue equilibrar todas sus piezas, especialmente cuando se adentra en su tramo final, pero deja claro que hay una intención detrás.
No es una experiencia redonda, pero sí lo suficientemente inquietante como para quedarse contigo después de verla. Y en el terreno del terror contemporáneo, eso ya es decir bastante.
Ellie Carter (Jessica Rothe) despierta en una casa rural sin reconocer a su supuesto marido ni a su hija. Pero el verdadero problema no es la amnesia, sino lo que viene después: su mente parece “reiniciarse” una y otra vez, devolviéndola a un estado anterior mientras todo a su alrededor insiste en que esa es su vida.
Cada reset añade una capa más de paranoia. Los recuerdos no desaparecen del todo, se acumulan como fragmentos mal ensamblados, generando una sensación constante de irrealidad. Lo que empieza como un misterio psicológico pronto apunta hacia algo más inquietante, donde la ciencia y el trauma parecen entrelazarse de forma peligrosa.
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